lunes, 28 de noviembre de 2011

Por el derecho a soñar, “necios que saben que la voz es un ideal posible”

“Antes, los jefes de información éramos personas que teníamos cierta trayectoria en el periodismo, gente que íbamos ascendiendo y llegábamos a ser jefes de los reporteros. Pero, debido a la situación de violencia que vivimos en Tamaulipas, y el constante hostigamiento a periodistas por parte del crimen organizado, de unos años a la fecha, estos señores se instauraron como los nuevos jefes de información: ellos deciden qué se publica, qué no se pública y cómo se pública”, manifestó la ciberactivista pro-derechos humanos y reportera tamaulipeca Martha Olivia López Medellín en el foro “Violencias, Estado, Interculturalidad y Derechos Humanos”, realizado el mes de noviembre en la Preparatoria Popular Francisco Villa 128, en Ecatepec, Estado de México, en el que también estuvieron presentes Leticia Tecla, víctima de tortura y promotora de derechos humanos; Olga Reyes Salazar, defensora de Derechos Humanos; Hassan Dalban, profesor e investigador de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, y Rosa María Díaz Martínez, alumna migrante indígena.

Puede haber un coche bomba en Ciudad Victoria, a dos cuadras del periódico -abundó López Medellín-, y sin embargo, si a “ellos” (el crimen organizado) no les conviene, en ningún periódico se va a publicar, porque la orden es esa; y si se infringe esa ley, esa autoridad de facto, van por los reporteros, por los editores.

A decir de Martha Olivia, y de acuerdo con cifras de la Procuraduría General de la República relacionadas con denuncias sobre secuestro, Tamaulipas ocupa el primer lugar con 153 denuncias formales; Durango con 82; el Distrito Federal con 77; Chihuahua 75, y Coahuila con 58 averiguaciones -datos de diciembre de 2006 al 31 de agosto de 2010. Sin embargo, acotó, “las cifras son humor negro, si consideramos que sólo en San Fernando, Tamaulipas, una ciudad de apenas 100 mil habitantes, han encontrado fosas clandestinas con 72 cadáveres, la mayor parte de migrantes del centro, y la segunda con más de 150 cuerpos. Y, los periodistas, los medios de comunicación de Tamaulipas, no pudimos siquiera escribir nada.

Los Tamaulipecos tienen una característica -no me cuento, por supuesto, dijo- es la del silencio. Cuando te toca la desgracia de un secuestro, la “línea” es -incluso entre la familia- “no hables, no digas, no comentes. Aquí no pasa nada”. Todos sabemos lo que pasa, pero nadie nos escucha. No hay alcalde, gobernador ni presidente que viva lo que los ciudadanos de pie; los dos primeros se trasladan en camionetas blindadas y con decenas de guardaespaldas, y el llamado presidente le gusta jugar a las guerritas, hace discursos brabucones desde su cómoda y segura residencia oficial de Los Pinos.

Dentro de tanto pesimismo e historia de horror, continuó, quiero decirles que el camino de la paz es inagotable, y una de esos caminos es el que integramos los ciberactivistas del contingente MX y el contingente Tam, quienes hemos aprovechado las ventajas de las redes sociales para promover la cultura de la no violencia y a favor de los derechos humanos. Sin necesidad de afiliarnos a algún partido político, ideología o grupo promovemos valores como la solidaridad, pero sobre todo la congruencia; porque, no solamente defendemos estos ideales, sino que realizamos actos presenciales a favor de movimientos como el de los padres de la guardería ABC, de Hermosillo, Sonora, donde, después de dos años de intenso activismo, se logró que Felipe Calderón firmara la Ley que protege a los niños que están en instancias infantiles. También promovemos la defensa de los activistas pro derechos humanos, salimos a apoyar a los twitteros que han sido encarcelados, cuando les ha querido cuartar su libertad de expresión.

En el caso concreto de Tamaulipas, apuntó, nos constituimos como contingente en abril de este año, y hemos realizado diversas actividades, como la Marcha Nacional por la Paz el 8 de de mayo, donde participamos más de 650 personas; hemos promovido la recuperación de espacios públicos. Hace tres meses nos unimos a dos ONGs y solicitamos al ayuntamiento de Ciudad Victoria que cerrara la avenida principal a los autos y la abriera a los peatones. Esto se hace cada domingo y es como un remanso a la violencia; la gente no deja de asistir.

Por otro lado, agregó, cada 15 días en la Avenida Libre 17 realizamos una actividad denominada “Pintando por la Paz”, donde pedimos a los niños que dibujen o pinten -con crayolas, con hojas recicladas, con lo que se pueda- algo respecto a la violencia; y a los padres y familiares que escriban una frase. Hasta ahora llevamos más de 500 dibujos y frases con las que pensamos realizar una exposición.

Al final, concluyó, mi presencia aquí es para decirles que, pesé a lo adverso que suenen mis palabras, hay que seguir caminando. ¿De qué forma? Informándose, sensibilizándose acerca de lo que sucede y actuar en consecuencia. A veces pareciera que la realidad que escuchamos es realidad de otro país o de otro continente. Pero no, está muy cerca: está en Michoacán, está en Zacatecas, está en Guerrero, está en Oaxaca, está en Tamaulipas. Pero hay que seguir caminando. Como dice el uruguayo Eduardo Galeano: “Aunque no podemos adivinar el mundo del futuro, bien podemos imaginar el que queremos que sea. Tenemos el derecho de soñar, a pesar de que ese derecho no figura entre los treinta derechos proclamados por la ONU, allá a finales de la década de los cuarenta; porque si no fuera por el derecho de soñar y las aguas que da de beber, los demás derechos se morirían de sed”.

Por su parte Leticia Tecla, quien ha impartido clases a nivel medio superior por más de 30 años, fue Coordinadora editorial del periódico Eureka, y es estudiante de la Maestría en Derechos Humanos en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México señaló:

“Yo soy de una familia que tiene cuatro desaparecidos políticos. He sido torturada y he sido secuestrada -una ocasión en 1979, y otra cuando estaba en el periódico Eureka, con Rosario Ibarra. Nací en el movimiento del 68, en una represión brutal en la Plaza de Tlatelolco, y donde el Estado respondió como únicamente sabe hacerlo, con violencia. Por ello, considero que el desplazamiento, la desaparición política, la tortura, el secuestro, representan formas distintas de violencia. Pero también lo es el discurso del Estado. Un discurso que nos dice y nos internaliza el miedo, el terror, nos enseña el silencio que es igual que la muerte”.

Yo soy estudiante de Derechos Humanos, dijo, porque creo que una forma de socavar la violencia es defendernos a partir de proyectos comunitarios educativos como éste; pero también creo en el conocimiento y la palabra. En ese sentido, quiero decirles que los maestros, al igual que los periodistas, acostumbramos hacer de nuestra palabra una trinchera; somos gente que rompemos el silencio por medio de la palabra.

Hoy en día, explicó, tenemos una serie de biólogos, de fisiólogos que hasta se han ganado el premio nobel con la argumentación de que los seres humanos tenemos en nuestro cerebro glándulas que por naturaleza nos hacen violentos. Y eso son falsedades. Aun así, y con base en esos argumentos, nuestros gobernantes dicen que la violencia es intrínseca al ser humano y, por ello, los mexicanos, sólo podemos responder con la guerra, ante un acto que viole la norma, Y así tenemos una guerra inventada, una guerra construida desde el Estado, manipulada por los medios masivos de comunicación, y con enemigos inventados. Ellos inventaron un enemigo: el terrorismo. Pero nosotros tenemos una respuesta: nosotros no somos terroristas, tampoco somos delincuentes, y la lucha contra el narcotráfico es inventada, porque es una lucha contra la sociedad.

Sin embargo, continuó, una de las formas que tenemos para enfrentar esa guerra es el conocimiento, porque el conocimiento es poder. El conocimiento es una forma de enfrentar al mundo y derrotarlo. Y derrotarlo no sólo por medio de la palabra oral, sino también de la palabra escrita. La palabra escrita es memoria. La palabra escrita rompe el silencio.

Así pues, finalizó: “Hoy por hoy los luchadores sociales, los maestros, los estudiantes, los jóvenes y la humanidad toda nos debemos de definir -en estos históricos días- como cuna revolucionarios cotidianos; soñadores de hazañas dirigibles; subvertivos de insomnios, años luz; buscadores inagotables de galaxias; sublevados, de veces eternos ancestrales; sembradores de universos infinitos; aventureros de espacios intangibles; de nómadas con pasos de futuro; de cuestionadores del aquí y del ahora; de amantes de inquietudes y zozobros; de dementes que espían el futuro, y de todos aquellos que esperan el amanecer con los ojos abiertos y en vigilia; de necios que saben que la voz y la felicidad es un ideal posible, y viven en la geometría exponencial del universo tomados de la mano de la razón y el caos del infinito. Esa forma de ver las cosas se convierte hoy, jóvenes, en imprescindible”.


Contundente e ilustrativo fue también el testimonio de Olga Reyes Salazar, activista por los derechos humanos en Ciudad Juárez, Chihuahua, quien -entre los años 2008 y 2011- perdió a cuatro hermanos, un sobrino y una cuñada, los asesinaron, por lo que ha tenido que migrar a la ciudad de México.

Yo vengo de Ciudad Juárez, expresó: “Toda la vida hemos vivido allá mi familia y yo. Mis hermanos fueron panaderos, y mi hermana Josefina Reyes fue activista de los derechos humanos. Ella fue de las primeras que levantó la voz cuando iniciaron los feminicidios en el Valle de Juárez. También ella y mis hermanos realizaron varias marchas cuando Estados Unidos quiso poner en la frontera un tiradero nuclear que iba a afectar gran parte de la frontera, en el Valle de Juárez; a base de sacrificios, marchas y plantones, mis hermanos y la gente se les unió, consiguieron que no se hiciera ese tiradero”.

Pero hace poco, continuó, cuando Felipe Calderón llegó al gobierno, también llegaron a Ciudad Juárez militares cometiendo muchos abusos en los pueblos: entraban a las casas a las dos o tres de las mañana, tiraban puertas y ventanas, y si algo les gustaba se lo llevaban. Entonces, mis hermanos comenzaron a poner denuncias en contra de estas personas. Es así como en noviembre de 2008 asesinan a mi sobrino, hijo de mi hermana Josefina. A media cuadra donde matan a mi sobrino había dos trocas de militares y ellos no miraron a nadie, y hasta la fecha no hay ningún detenido. En 2010 asesinan también a mi hermana Josefina, y meses después a mi hermano Rubén Reyes.

“Pero la cosa no para allí, en febrero de 2011 mi hermano Elías, mi hermana Magdalena y mi cuñada María Luisa, son interceptados por una camioneta con seis fulanos enmascarados y con armas largas, y se los llevan. Entonces, el resto de la familia comenzamos a organizarnos con los compañeros de Ciudad Juárez de diferentes organizaciones de Derechos Humanos y ponemos un plantón afuera de la Procuraduría Norte del Estado de Chihuahua. Ahí estuvimos 19 días pasando veinte grados bajo cero en una carpa, exigiendo la aparición con vida de mis hermanos y de mi cuñada. Y nunca se logró. Por eso vinimos al DF a poner un plantón en la Plaza Tolsa. Estuvimos una semana. El Gobernador de Chihuahua nunca nos atendió allá, ni siquiera González Nicolás que es el Subprocurador de Justicia de Juárez; pero un día antes de que mis hermanos aparecieran, el Gobernado César Duarte vino para el DF, y unas diputadas lo obligan a que nos diera la cara. Y mi mamá le exigió que le entregaran a sus hijos, que él sabía dónde estaban. Al día siguiente mis hermanos aparecieron muertos, a lado de la carretera. A partir de eso, nos han quemado cuatro casas, dos sobrinos han sufrido intento de asesinato; por eso, nosotros, ni en Ciudad Juárez ni el estado de Chihuahua estamos seguros. Y ahora aquí en el DF tampoco, porque las amenazas siguen”.

Hoy, abundó, gran parte de la familia se ha ido para Estados Unidos, ya somos muy poquitos los que quedamos aquí. Pero de todos modos seguimos luchando; y, al menos yo, quiero seguir luchando para que se haga justicia. En todo el país están pasando muchas barbaridades. Es mucha violencia la que se está implementando en contra de los seres humanos: asesinan, hacen desaparición forzada, descuartizan, queman vivos.

“Por eso les digo, qué bueno que ustedes están aquí y que están informándose; necesitan informarse y necesitan saber más. Y seguir estudiando, para que el día de mañana no formen parte de las filas del narcotráfico”, concluyó.

Por su parte, Hassan Dalban, Dr. en Ciencia Política de la Habana y profesor investigador de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, señaló: “Todos estos problemas, estas violaciones de los derechos humanos a que hacen referencia las compañeras; todo este tipo de explotación, de enajenación, de racismo, de dominación imperialista, de saqueo, se origina en el sistema capitalista”.

Son las condiciones sociales y económicas, dijo, las que forman al ser humano; así, lo que produce el sistema neoliberal son ciudadanos violentos, en tanto que es un “sistema de explotación, un sistema de enajenación, un sistema antidemocrático y antihumano".

Finalmente, Rosa Díaz Martínez, alumna del tercer semestre de la preparatoria Francisco Villa 128, comentó que ella y su familia son indígenas, de una comunidad de Oaxaca donde se habla Mixe y no existe oferta educativa a nivel medio superior; por ello, explicó, tuvieron que migrar al Estado de México. En ese sentido, subrayó que, abandonar su lugar de origen por falta de recursos económicos o de una adecuada oferta educativa, es también un modo de violencia.

El foro “Violencias, Estado, Interculturalidad y Derechos Humanos” se realizó en el marco un proyecto educativo alternativo que busca fomentar entre los alumnos de la preparatoria Francisco Villa 128 el pensamiento crítico con base de la reflexión y discusión de los problemas de su contexto, para así identificar las estructuras de poder y el modo en que operan las formas control en la sociedad; esto es, identificar los medios de control, marginación y exclusión así como las formas sociales, políticas y culturales donde se origina la violencia y la violación de los Derechos Humanos.


VISIÓNES DE LA VIOLENCIA,

EXPOSICIÓN MONTADA POR LOS ALUMNOS DE LA PREPARATORIA 128

MEMORIA GRÁFICA




viernes, 11 de noviembre de 2011

México, mosaico de identidades: apuntes para entender la identidad del mexicano hoy


Introducción

A decir de Néstor García Canclini en su texto Culturas híbridas, es con el avance de las tecnologías de la comunicación y la constante incidencia de la globalización —no sólo en las economías mundiales, sino también en los mercados de bienes simbólicos— que asistimos a un nuevo imaginario social donde las antaño concepciones de tiempo, espacio e identidad se transforman para dar paso a una forma otra de concebir el mundo: las fronteras caen, los procesos aceleran, vivimos la era de lo fragmentario. Ante este panorama, plantearse el problema de la identidad mexicana, es plantearse muchas cosas a la vez:

En primer término, es volver sobre el problema de la historia y el modo en cómo a través de ésta se construye un perfil del mexicano. Pero también, es preguntarse cómo es que en el momento actual los mitos que surgieran después de la Revolución son resemantizados por los mass media, así como por los individuos que habitan la contemporaneidad.

Luego entonces, y ante lo aventurado que sería intentar responder de manera conclusiva y extensiva a estas dos interrogantes en torno a la identidad del mexicano actual, el presente texto tan sólo persigue dos objetivos modestos: por un lado, pretende realizar una caracterización —grosso modo y a través de El Laberinto de la Soledad de Octavio Paz y La Jaula de la Mlancolía de Roger Bartra— de los mitos o estereotipos que presuntamente definen la identidad del mexicano, para después tratar de repensar dichas construcciones discursivas frente a los mass media y la globalización.

Así pues, procedo a realizar la caracterización que Octavio Paz hace del mexicano.

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Hermetismo y preservación de lo íntimo, estoicidad y resignación como virtudes exaltadas, culto a la muerte como un modo de trascendencia, sentimiento de soledad —más que de inferioridad, son tan sólo algunos de los rasgos que el autor de El laberinto de la soledad retoma para tratar de desentrañar en el modo en qué estos mitos construyen una identidad del Mexicano.

El autor parte de la idea de que el mexicano es un ser solitario, en tanto que ha sido arrancado del Todo: "ha olvidado el nombre, la palabra que lo liga a todas esas fuerzas en que se manifiesta la vida. Por eso grita y calla, apuñala o reza, se echa a dormir cien años" (Paz; 22). Así, y siguiendo al autor, la historia de México es la historia del hombre solitario que busca su origen (en la conquista, en la independencia) e intenta restablecer los lazos que lo unían a la creación.

Este hombre solitario, el mexicano —joven, viejo, licenciado, obrero— aparece como un ser hermético, tan celoso de su intimidad como la del ajeno, por lo que se encierra y se preserva: todo le sirve para defenderse, el silencio y la palabra, la cortesía y el desprecio, la ironía y la resignación; hermetismo como recurso de recelo desconfianza ¿Pero en qué se funda esta desconfianza? Para Paz, la respuesta es simple: "se funda en la historia", entendida ésta como un modo de hostilidad y dureza que siempre flota en el aire. Bajo esta perspectiva, es en la dominación durante la colonia que se encuentra la raíz de esta actitud cerrada e inestable, pero es en la historia como nación donde se perpetúa.

Así pues, y a decir de Octavio Paz, el hermetismo del mexicano se hace manifiesto en el lenguaje: "El mexicano no se raja", no se abre, y si lo hace, es equiparado con el traidor, con un ser "inferior" de dudosa fidelidad en tanto que accede a renunciar a su soledad. En este sentido, "el rajado" es sinónimo de lo femenino, es decir, de pasividad y falta de voluntad. Sin embargo, en el caso de la mujer, ésta —a diferencia "del rajado"— logra trascender su condición de inferioridad mediante el sufrimiento: la mujer se convierte en víctima, y en tanto que víctima, accede a la estoicidad e invulnerabilidad características del hombre. Volvemos al lugar de origen, el hermetismo como un modo de encierro.

Pero para Paz la tendencia a encerrarse en sí mismo del mexicano, no sólo responde a una actitud pasiva de éste ante al mundo, sino que también se hace manifiesta como una invención activa que se renueva a cada instante y que se objetiva en la simulación. Así, el mexicano miente para pasar inadvertido pero sin renunciar a su ser; miente para ocultarse de los otros, pero también para ocultarse de sí; sólo a través de la mentira es que el mexicano llega a la autenticidad, en tanto que ésta pasa a formar parte de su ser. A decir del autor, las formas radicales de simulación y disimulo llevan al mimetismo; luego entonces, el mexicano se mimetiza con la realidad, pero principalmente con la muerte (sinónimo de pasividad, silencio, hermetismo). Pero este mexicano no sólo se disimula a sí mismo (se cierra), también disimula al otro, lo ningunea: "El ninguneo es una operación que consiste en hacer de Alguien, Ninguno. La nada de pronto se individualiza, se hace cuerpo y ojos, se hace Ninguno (...) Es el nombre que olvidamos siempre por una extraña fatalidad, el invitado que no invitamos, el hueco que nunca llenamos. Es una omisión, y sin embargo, Ninguno está presente siempre. Es nuestro secreto, nuestro crimen y nuestro remordimiento. Por eso el Ninguneador también se ningunea; él es la omisión de alguien. Y si todos somos Ninguno, no existe ninguno de nosotros (...) vuelve a imperar el silencio anterior a la historia " (Paz; 49-50).

Pero el silencio también puede ser roto, también puede trascenderse y en el caso del mexicano éste lo hace a través de las fiestas y los festejos, el único lujo ante la miseria. A decir de Paz, México es un pueblo ritual, todo puede ser buen pretexto para reunirse e interrumpir la marcha del tiempo. En la fiesta, el mexicano se abre, se desborda; se violan las reglas, los hábitos, las costumbres; la sociedad se niega a sí misma como conjunto orgánico, pero se afirma en cuanto fuente de energía y creación, en este sentido, no busca regresar al estado de indiferenciación sino más bien busca sobrepasarse. Así, el equilibrio del que hace gala el mexicano aparece como una "máscara" siempre en peligro de ser desgarrada por una súbita explosión de la intimidad, que de acontecer, lo llevaría irremediablemente al lugar de origen: la soledad y la orfandad. Luego entonces, el mexicano no trasciende su soledad, se encierra en ella.

Bajo este perspectiva, muerte y crimen pasional —entendidos estos como un desgarramiento de la "máscara" de equilibrio— más que ayudar al mexicano a trascenderse así mismo, lo devuelven a la soledad: "la muerte mexicana no da ni recibe nada; se consume en sí misma y a sí misma se satisface" (Paz; 65).

Las "malas palabras" son, a decir del autor, también reflejo de la identidad mexicana: en ella el mexicano se reconoce entre extraños y a ella acude cada vez que aflora a su labios la condición (intima) de su ser: "Viva México hijos de la Chingada"... ¿Pero, quién es La Chingada? A decir de Paz, es una de las representaciones mexicanas de la Maternidad; luego entonces, es la madre que ha sufrido —metafórica o realmente—, la acción implícita que le da nombre; es la madre violada, abierta, burlada. Así, este verbo también denota, en el caso de México, salir de sí mismo y penetrar por la fuerza al otro; luego entonces, "chingar" es ejercer una violencia contra el otro, es perjudicarlo, herirlo, burlarlo. La voz también tiene otro significado según Paz. Cuando se manda a alguien a La Chingada, en realidad se le está enviando a un espacio lejano, vago e indeterminado: la nada, sinónimo de pasividad abyecta y abierta al exterior que lleva a misma Chingada a perder su identidad, no es Nadie, y sin embargo es la encarnación de la condición femenina: La Malinche, símbolo de abertura hacia el exterior (de ahí la adopción del vocablo "Malinchista"). Pero el mexicano, más que cerrase al exterior, se cierra al pasado: "reniega de su hibridismo, no quiere ser ni indio ni español. Tampoco quiere descender de ellos. Y no se afirma en tanto que mestizo sino como abstracción: es un hombre. Se vuelve hijo de la nada" (Paz; 96)

A decir de Paz, ni la Revolución mexicana con toda "salvadora explosión", ni "la intelectualidad mexicana" han logrado articular una visión de mundo que, además de rescatar al mexicano de la nada, logre resolver el conflicto entre la insuficiencia de la tradición y la exigencia de universalidad del mexicano. Luego entonces, el camino que encuentra el autor para tratar de resolver el problema, es el de empezar por admitir que América —y por ende México— hasta hace poco tan sólo era "la enajenación de haber sido pensados por otros". En la medida en que se reconoce que los mexicanos han vivido en la periferia de la historia universal es, a decir del autor, que se puede empezar a tener conciencia de lo que es la "identidad". Y más aún cuando el centro —Europa— se ha disgregado y todos los habitantes del mundo se han convertido en seres periféricos.

De esta manera se cierra el círculo. El mexicano se sitúa como todos los hombres modernos: a solas.

Hasta aquí el recorrido que —grosso modo— trata de rescatar algunas de las reflexiones de Octavio Paz en torno a la identidad mexicana, mismas sobre las que se volverá, pero luego de caracterizar algunas de las reflexiones de Roger Bartra en torno a los mitos mexicanos.

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Parsimoniocidad, Indiferencia ante la muerte —y ante la vida—, melancolía, pasividad, sentimentalismo exacerbado, complejo de inferioridad, evasividad, violencia, estoicidad ante el mundo moderno, y el relajo llevado a su máxima expresión son, a decir de Roger Bartra, tan sólo algunos de los mitos que se han creado en torno la identidad del "mexicano", y que si bien en algunos casos éstos no distan mucho de la realidad, sí responden a lo que él mismo denomina como una construcción del estado moderno a fin de legitimar la sociedad industrial, así como las formas de poder manifiestas en este proyecto.

Luego entonces, y frente a la concepción weberiana de que el mundo moderno es un mundo racional, funcional y desencantado, donde los mitos no tienen la menor cabida, Bartra señala que la sociedad industrial capitalista, así como el socialismo que conocemos, generan constantemente ceremonias, ritos, cultos, símbolos, y por ende mitos.

Así pues, y previo al establecimiento de una polémica en torno a las afirmaciones bartrianas, bien vale la pena efectuar —junto con el autor y grosso modo— un recorrido por las que él mismo denomina como construcciones míticas de la identidad mexicana, y que bajo su perspectiva son más discernibles en libros que en la realidad.

Empiezo por hablar del Edén subvertido. A decir de Bartra, a lo largo de la historia —y principalmente después de la Revolución— se ha construido la idea de que los mexicanos son habitantes imaginados y míticos de un "limbo violentado"; o lo que es lo mismo, de un territorio rural inmolado y del que sólo queda la nostalgia, la melancolía.

"Se llega a creer que, bajo el torbellino de la modernidad, yace un estrato mítico, un edén inundado con el que ya sólo podemos tener una relación melancólica; únicamente por vía de la nostalgia profunda podemos tener contacto con él y comunicarlos con los seres que lo pueblan". Así, es a partir de está idea de nostalgia que el mexicano letrado y el falto de recursos tienen un punto de encuentro: la soledad, misma a la que Octavio Paz llamara la "nostalgia de un cuerpo del que fuimos arrancados".

Otro mito al que también hace referencia Bartra es aquel que concierne a la creación de dos concepciones de tiempo distintas para legitimar la modernidad. el tiempo del edén y el del progreso que presuntamente nos llevará a la construcción del futuro (una identidad). "La cultura del mundo moderno requiere de mitos: los hereda, los recrea, los inventa. Uno de ellos es el del hombre primigenio que funda la cultura nacional y al mismo tiempo que sirve de contraste para estimular la conciencia de la modernidad y el progreso nacionales". Así, y según Jorge Carrión[1], este mito es origen de otro rasgo característico de los mexicanos: el ritmo parsimonioso del tiempo, el transcurrir temporal imperceptible —"sólo en México el tiempo es dócil"; o lo que es lo mismo, un tiempo al que José Moreno Villa equipara con la pasividad asiática, una despreocupación por el presente. Luego entonces, y ante estas aseveraciones, sólo cabe hacerse una pregunta: ¿esta pasividad e indiferencia por el presente es resultado de la esclavitud en la que cayó el indio luego de ser conquistado? Para Samuel Ramos la respuesta es negativa, en tanto que considera que el indígena se dejo conquistar porque su espíritu ya estaba dispuesto a la pasividad. Así, volvemos a la afirmación bartriana de que el mundo occidental, la cultura del hombre moderno requiere de mitos: uno de ellos es el mito del hombre primigenio, que fecunda la cultura nacional y al mismo tiempo sirve de contraste para estimular la conciencia de identidad y progreso nacionales (Bartra; 67).

Indiferencia ante la muerte, y por ende, ante la vida, es otro de los estereotipos que a decir de Bartra se han construido para legitimar la modernidad. La confluencia de la fatalidad religiosa que auspicia la vida de los miserables (conciencia del hombre que vive la miseria de una vida llena de fatigas y humillaciones), con el sentimiento de desprecio de los "dominantes" por los "miserables" —a los que equiparan con animales, al creer que la angustia ante la muerte no les preocupa (masa indiferenciada que puede matar sin sentirse culpables)—, así como la nostalgia de los intelectuales por el edén perdido han sido las bases sobre las cuales se ha tejido el estereotipo del mexicano que no teme a la muerte. Así, ante la certeza de la muerte, el hombre —tanto el primitivo como el moderno— necesita proteger su equilibrio, para lo cual desarrolla diversas formas de control ritual del sufrimiento: "el desdén mexicano por la muerte forma parte de un rito colectivo que le da sentido a la vida". Desde esta perspectiva, y siguiendo a Bartra, no es cierto que el desprecio a la muerte signifique un desprecio a la vida, pues esta es la que le da sentido. Luego entonces, nos topamos nuevamente con algo construido, más que plausible, a decir del autor.

El complejo de inferioridad (estereotipo del antihéroe o héroe agachado) es otro de los mitos abordados por Bartra. La contradicción histórica del mexicano entre lo que quiere hacer y lo que puede hacer es, a decir de Samuel Ramos, lo que lo lleva al pesimismo, al fracaso y por ende al sentimiento de inferioridad. Frente a esta postura estaría la de Octavio Paz, según la cual el complejo de inferioridad del mexicano estaría más fundado en su soledad —de allí que recurra a diversas máscaras— que en los aspectos señalados por Ramos. Bartra pretende trascender estas dos posturas aduciendo una cierta "inferioridad relativa" del hombre y la cultura mexicanos ante Europa (sinónimo de "progreso"). Desde esta perspectiva el mito de la inferioridad del mexicano no es otra cosa sino la apología que el estado moderno construye para subsanar esta "inferioridad" (o retraso) de México ante Europa; así, Ramos, Carrión, e incluso Paz, hablarían de una cierta "juventud", "niñez" o "adolescencia" en el que se encuentra permanente México, resultado de lo que se considera una identidad interna a los individuos: "se cree que los mexicanos llevan dentro, incrustado en su ser profundo e inconsciente, un alter ego cuyas raíces se hunden en la noche de los tiempos y se alimentan de antiguas savias indígenas" (Bartra; 96).

El mexicano violento es otro mito sobre el cual también repara Bartra. A decir de él, es a partir del nacionalismo que emana de la revolución que el mito del mexicano "agachado" se metamorfosea y da paso al del mexicano fiestero, agresivo y que se subleva (el héroe revolucionario, con el que se identifican la cultura dominante y la masa), en tanto que en el fondo de su ser "hay un potencial insospechado de violencia". Así, surge la imagen del pelado: un ser contradictorio e híbrido, escéptico, pesimista, receloso de sí mismo indisciplinado, desordenado, terco; un ser que vive entre la perdida de su tierra y la lejanía de la fábrica y que bajo los efectos del alcohol se vuelve una máquina de impulsos, de violencia —máscara que a decir de Ramos le sirve para ocultar su sentimiento de inferioridad. Para Bartra el pelado es la metáfora perfecta que hacia falta para legitimar el proyecto moderno: es el campesino de la ciudad que vive la tragedia del fin del mundo agrario y del inicio de la civilización industrial.

Sentimentalismo exacerbado es otro de los atributos a que comúnmente se hace referencia cuando se habla del mexicano. A decir de Bartra, ésta es otra construcción mítica, misma que se erige luego de la revolución mexicana y que pretende la exaltación nacionalista del héroe de la modernidad revolucionaria —el convocado por Caso, Vasconcelos y el Estado— y que contiene un elemento de profunda irracionalidad: inventa y glorifica a un pueblo dotado de agresiva emotividad, capaz de resistir la inmersión en la fría tecnología y los contaminados aires de la sociedad industrial". De esta manera es como Bartra se explica la manera en que la cultura dominante logra implementar sólidos procesos de legitimación nacional, aduciendo a un modelo de pensamiento estoico que renuncia a transformar la masa popular en una masa proletaria eficiente, capaz de soportar las formas modernas de dominación; la modernidad es aceptada, pero con desgano.

El mexicano resentido, es otro de los estereotipos que rescata el autor en su análisis. A decir de él, es Agustín Yáñez quien propone al mexicano como un ser despechado y resentido, aseveración que se funda en un hecho "dramático y real": la sociedad industrial capitalista rechaza la violenta emotividad con que el mexicano revolucionario irrumpe en la modernidad; luego entonces, el pelado se siente traicionado por mundo que lo rodea, desconfía de sus vínculos amistosos y amorosos. Así, "el mexicano en su miserable desnudez sólo puede defenderse del frío utilitarismo de la explotación burguesa si logra encender su espíritu con el rencor (...), sólo este ardor podrá entibiar su cuerpo desnudo" (Bartra; 137). Luego entonces, y desde esta perspectiva, el pelado oscila entre la violencia y la emotividad, entre las emociones y el despecho; experimenta una suerte de vida azarosa de zozobra y accidentalidad. Bajo este argumento es que Bartra considera que, una vez más, el régimen político mexicano se legítima, en tanto que se considera al pelado como un ser agresivo, pasional, ardido y permeado por los palos del azar que difícilmente puede romper con al idea de abundancia, a la que finalmente nuca ha tenido acceso.

Tras realizar este breve recorrido por el proceso mediante el cual, a decir de Bartra, la sociedad posrevolucionaria produce sujetos de la vida nacional como criaturas mitológicas a fin de cohesionar al mexicano y legitimar la forma de dominarlo, bien vale la pena detenerse un instante a fin de acotar algunas reflexiones.

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En primer término, y frente al argumento bartriano de que las construcciones míticas mexicanas son —a la manera marxista—resultado de un intento por parte del estado moderno de legitimar un modo de dominación (vertical) dentro del contexto de la sociedad industrial capitalista, diré que la dominación no se ejerce desde un único lugar sino más bien desde varios (panóptico de Foucault). Luego entonces, si bien es cierto que muchos de los mitos nacionales (Para Augé ficciones a través de las cuales los pueblos tratan de explicarse el mundo) se originan en la construcción que los intelectuales posrevolucionariso hacen del mexicano, estos mitos no sólo tienen su génesis en lo que Bartra denomina como un intento de legitimación del estado moderno, sino que también se fundan —al menos en el momento actual— en las constantes resemantizaciones que, por un lado, hacen los mass media de dichas narraciones, y por otro, las que hacen los mismos individuos. Luego entonces, bajo este argumento, no se estaría aduciendo que la perspectiva bartriana estaría concibiendo a los mexicanos como una masa amorfa fácilmente permeable por una narratividad nacionalista, sino más bien que, los mexicanos —como habitantes de un mismo territorio— tienen formas distintas de ubicarse ante el poder, así como de asumirse como mexicanos en tanto que la apropiación de las narrativas a que constantemente están expuesto en cada caso son distintas.

Al respecto, me gustaría volver sobre Néstor Braunstein cuando aduce que algunas narrativas históricas de la actualidad —que se ejercen como poder anónimo— recurren a la psicología freudiana o jungiana para tratar de legitimar un determinado modelo de identidad nacional. A decir del autor, el psicoanálisis funciona únicamente sobre el discurso del sujeto singular, por lo que cuanto se diga algo en torno a una cierta "psicología de los pueblos" es mera especulación sujeta a revisión, a conformación, a corrección en cada sujeto singular. Es decir, no obstante el constante intento de algunas esferas de poder por tratar de legitimar a través de la psicología una identidad única del mexicano, ésta sólo puede configurarse mediante el modo en que cada sujeto se apropia de las narrativas que lo circundan.

Así pues, y no obstante lo anterior, Braunstein no deja de reconocer que "la realidad " está configurada por los discursos que sobre ella se vierten, por lo que la ideología formaría parte esencial de la misma. Luego entonces, desde esta perspectiva el discurso sobre la mexicanidad —a que hacen referencia tanto Paz como Bartra— no es sólo un fenómeno épico (epifenomeno), sino que más bien, se trata de una narratividad que permea a los individuos y les permite construir su subjetividad (En términos bourdieanos sería aquello que configura el hábitus; es decir, el resultado de la conjunción de las prácticas ordinarias y culturales (ethos) que se hacen cuerpo humano en los agentes (hexis) bajo un sistema formal lógico (eidos) que son las prácticas sociales en estado tácito).

Desde esta perspectiva, tanto el discurso contradictorio, oficial e impugnador, de izquierda y de derecha, cultivado y espontáneo, estarían creando los objetos de los que habla: mexicanidad y carácter del mexicano, mismos que se convierten en matrices de identificación: "si así me describen, si así me ven, así soy, y seré".

A partir de este argumento es que Braunstein se explica que los mitos y relatos que describen tanto Bartra como Paz, sigan teniendo vigencia en las subjetividades de la contemporaneidad. En tanto que "el ideal" del sujeto no es en realidad su "ideal", sino el "ideal" del otro (que al igual que él ha sido permeado por la mitología del mexicano) es que llegan a reproducirse estas narratividades que —a decir de Bartra y Paz— surgen con la Revolución mexicana, y que a pesar de haber logrado articular una identidad del mexicano, sí se hacen carne (como diría Bourdieu) y prevalecen en las subjetividades del mexicano actual.

Así, hoy en día no resulta nada extraño ver en la calle a mujeres teñidas de rubio y a homosexuales que asumen sin reparos una identidad femenina (volvemos sobre el mito del "jodido" del "chingado").

Aquí vale la pena hacer un paréntesis a fin de preguntarse una cosa: ¿En qué medida estos discursos hechos cuerpo estarían correspondiendo a las construcciones míticas sobre la mexicanidad, y en qué medida estarían respondiendo más a una influencia que los mass media ejercen sobre la población actual mexicana?

La respuesta parece tener varios matices. Por cuestiones de tiempo y espacio sólo se abordarán dos:

Si bien es cierto, tal y como ya se ha señalado, los discursos en torno a lo mexicano efectivamente siguen latentes en el momento actual, no hay que descartar que los medios de comunicación también contribuyen a configurar "este modo de ser" del mexicano que se avergüenza de su morenidad y la niega. Como ejemplo, vasta ver las películas, las telenovelas y la publicidad que día a día se transmiten por televisión. Así pues, la identidad del mexicano que habita la contemporaneidad ya no solamente se baña en los mitos sobre la mexicanidad, sino que también modula su subjetividad a partir de las narrativas emitidas por los mass media, mismas que casi siempre están encaminadas a la venta y el consumo.

Luego entonces, y con base en el argumento anterior, es que la frase "sociedades de consumo" adquiere pertinencia: "los individuos" ya no se identifican con una nación —al menos no del todo—, ahora se identifican con una variedad infinita de "comunidades imaginarias" que surgen con la misma velocidad con las que desaparecen: "El mito del mexicano mítico" se fragmenta, ya no hay un solo México, hay muchos Méxicos. Algunos son mexicanos en tanto que se identifican y emocionan con un partido de futbol de la selección nacional; otros, en tanto que escuchan la música de Café Tacuba; otros más, en la media en que veneran a la Guadalupana; otros, en tanto que visitan el mismo Room Chat...

Ante este panorama sólo queda plantearse una pregunta ¿Cómo trascender esta multiplicidad de discursividades míticas que presuntamente estarían permeando de manera constante las subjetividades de los individuos?

Para Braunstein, la respuesta es simple, aunque no sencilla: las ideologías sólo pueden disolverse una vez que han sido detectadas.

Así pues, y una vez que ya han sido detectadas algunas de estas "ideologías" del mundo moderno, surge entonces la necesidad de investigarlas como complejas redes de configuraciones simbólicas que circulan y transitan diferentes formaciones culturales, mismas que dependen cada vez más estrechamente las unas de las otras.

Ensayo redactado el año 2000, en el marco de la maestría en Comunicación y Política de la Universidad Autónoma Metropolitana.

Imagen recuperada del sitio:
http://www.libertaddepalabra.com/2010/07/estamos-jodidos-todos-ustedes/

Bibliografía


· Octavio Paz, El laberinto de la soledad, Fondo de Cultura Económica, México, 1976.

· Roger Bartra, La jaula de la melancolía —Identidad y metamorfosis del mexicano—, Grijalbo, México, 1987.

· Néstor Braunstein, Por el camino de Freud, Siglo XXI, México, 2001.

· Néstor García Canclini, La globalización imaginada, Paidós, Buenos Aires, 1999.

Culturas híbridas, Grijalbo, México, 1990.

· Marc Augé, Las formas del olvido, Gedisa, Barcelona, 1998.

· M. Piccini, G. Schmilchuck, A. Rosas, Recepción artística y consumo cultural, CONACULTA, INBA, Ediciones Juan Pablos, México, 2000.


[1] Citado por Bartra en La Jaula de la melancolía.