lunes, 15 de septiembre de 2014

Extraviados, más que independientes. Septiembre 15 y sus disfraces


Llega el 15 de septiembre, y nuevamente los mexicanos —dentro y fuera del país —, nos preparamos para celebrar tan importante fecha, el inicio de la lucha por la independencia. Al grito de ¡Viva México!, entre cohetes, trompetínes, “chelas” y la tradicional música mexicana, el espíritu chauvinista de la mayoría se exalta desde que inicia el denominado “Mes Patrio” y se extiende hasta que se extingue el día 16; por todos lados, el ánimo colectivo se enciende mientras la ciudad se atavía de los colores representativos —verde, blanco y rojo— para dar paso a la danza, la oda, la farsa colectiva que nos unifica como mexicanos una vez al año. Aunque algunos no comprenden del todo de qué se trata el festejo —olvidaron su cita con la historia—, en un instante, las diferencias se desdibujan y abren paso a la celebración, todos nos volvemos “Uno” con el mismo rostro: el del orgullo mexicano.

Y entonces sucede: nos sumamos, nos disfrazamos, nos en-ajeamos, nos volvemos otros en la histeria colectiva (¡en la histeria no en la historia!), nos “uniformamos” y festejamos a la Madre Patria con carnaval y matracas… Pero, a la par de todo ese ruido, el despertar coexiste, está a la orden del día y no es fácil evadirlo: al caminar por las calles saturadas de euforia, es inevitable observar… mirar a la gente, los coches, las paredes, los anuncios y hasta las redes sociales —finalmente vivimos tiempos modernos— cargados de ese espíritu nacionalista, que se desfasa con una realidad convulsionada que nos supera y nos lleva a caer en la cuenta, en lo absurdo del festejo. Y entonces surgen las interrogantes: ¿cuántos de nosotros en realidad sabemos lo que representa el grito de la Independencia en este presente de desigualdad y muerte que prevalece en México?, ¿no es acaso un contra sentido celebrar, cuando el país es entregado a manos extranjeras y es devorado por el crimen organizado?

Muerte. Hambre. Pobreza. Desigualdad. Corrupción. Inseguridad. Miedo, coexisten. Y la sensación de contrasentido se exacerba cuando volvemos sobre los titulares de revistas y periódicos que narran la crónica —la resaca— de las recientemente reformas impulsadas por EPN y aprobadas por el Congreso, y que ponen en jaque a muchos de nuestros “Méxicos”, así como los logros que con sangre se labraron en años de lucha ciudadana. Celebramos el México “Independiente”, el inicio de una lucha que nos volvió libres de España. Pero hemos olvidado que independencia y la libertad llevan de forma inherente un compromiso social y con la historia. No se trata sólo de festejar, sino de refrendar con acciones eso qué tanto alardeamos el 15 de septiembre. Pero no sucede. Y a más de dos siglos de distancia, el México colectivo sigue siendo “la víctima”, el lugar de ultraje, la mismísima Chingada; tierra donde la indiferencia y la pasividad conviven, mientras los otros, los que nos miran desde afuera, se llevan la mejor tajada.

¿Hay algo que celebrar? En un primer momento la respuesta es un No contundente. Y los motivos sobran… Pero la respuesta debería ser otra: vale la pena, porque al festejar se cultiva la fe y la esperanza, y en ese sentido, se celebra a todos los mexicanos y mexicanas que, pese a la indiferencia de algunos y la adversidad que representa el México del siglo XXI, todos los días se siguen vistiendo de chinelos, chinas poblanas, tehuanas, mariachis, danzantes, albañiles, oficinistas, periodistas cocineras, jardineros, meseros, costureras activistas, microempresarios, abogados, jornaleros, mineros, choferes, maestros… y salen a las calles, y no precisamente a gritar ¡Viva México!, sino a enfrentar con trabajo y entereza, el mundo que nos han heredado, salen a construir Patria. Son los nuevos héroes mexicanos.


No hay comentarios:

Publicar un comentario