Llega el 15 de septiembre, y nuevamente los
mexicanos —dentro y fuera del país —, nos preparamos para celebrar tan
importante fecha, el inicio de la lucha por la independencia. Al grito de ¡Viva
México!, entre cohetes, trompetínes, “chelas” y la tradicional música mexicana,
el espíritu chauvinista de la mayoría se exalta desde que inicia el denominado
“Mes Patrio” y se extiende hasta que se extingue el día 16; por todos lados, el
ánimo colectivo se enciende mientras la ciudad se atavía de los colores representativos
—verde, blanco y rojo— para dar paso a la danza, la oda, la farsa colectiva que
nos unifica como mexicanos una vez al año. Aunque algunos no comprenden del
todo de qué se trata el festejo —olvidaron su cita con la historia—, en un
instante, las diferencias se desdibujan y abren paso a la celebración, todos
nos volvemos “Uno” con el mismo rostro: el del orgullo mexicano.
Y entonces sucede: nos sumamos, nos
disfrazamos, nos en-ajeamos, nos volvemos otros en la histeria colectiva (¡en
la histeria no en la historia!), nos “uniformamos” y festejamos a la Madre
Patria con carnaval y matracas… Pero, a la par de todo ese ruido, el despertar coexiste,
está a la orden del día y no es fácil evadirlo: al caminar por las calles
saturadas de euforia, es inevitable observar… mirar a la gente, los coches, las
paredes, los anuncios y hasta las redes sociales —finalmente vivimos tiempos modernos—
cargados de ese espíritu nacionalista, que se desfasa con una realidad convulsionada
que nos supera y nos lleva a caer en la cuenta, en lo absurdo del festejo. Y entonces
surgen las interrogantes: ¿cuántos de nosotros en realidad sabemos lo que
representa el grito de la Independencia en este presente de desigualdad y muerte
que prevalece en México?, ¿no es acaso un contra sentido celebrar, cuando el
país es entregado a manos extranjeras y es devorado por el crimen organizado?
Muerte. Hambre. Pobreza. Desigualdad.
Corrupción. Inseguridad. Miedo, coexisten. Y la sensación de contrasentido se
exacerba cuando volvemos sobre los titulares de revistas y periódicos que
narran la crónica —la resaca— de las recientemente reformas impulsadas por EPN
y aprobadas por el Congreso, y que ponen en jaque a muchos de nuestros “Méxicos”,
así como los logros que con sangre se labraron en años de lucha ciudadana. Celebramos
el México “Independiente”, el inicio de una lucha que nos volvió libres de
España. Pero hemos olvidado que independencia y la libertad llevan de forma
inherente un compromiso social y con la historia. No se trata sólo de festejar,
sino de refrendar con acciones eso qué tanto alardeamos el 15 de septiembre.
Pero no sucede. Y a más de dos siglos de distancia, el México colectivo sigue
siendo “la víctima”, el lugar de ultraje, la mismísima Chingada; tierra donde
la indiferencia y la pasividad conviven, mientras los otros, los que nos miran
desde afuera, se llevan la mejor tajada.
¿Hay algo que celebrar? En un primer momento
la respuesta es un No contundente. Y los motivos sobran… Pero la respuesta debería
ser otra: vale la pena, porque al festejar se cultiva la fe y la esperanza, y
en ese sentido, se celebra a todos los mexicanos y mexicanas que, pese a la indiferencia
de algunos y la adversidad que representa el México del siglo XXI, todos los
días se siguen vistiendo de chinelos, chinas poblanas, tehuanas, mariachis,
danzantes, albañiles, oficinistas, periodistas cocineras, jardineros, meseros, costureras
activistas, microempresarios, abogados, jornaleros, mineros, choferes, maestros…
y salen a las calles, y no precisamente a gritar ¡Viva México!, sino a enfrentar
con trabajo y entereza, el mundo que nos han heredado, salen a construir Patria.
Son los nuevos héroes mexicanos.

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